La serie sobre Antares de la Luz, líder de secta que quemó vivo a un recién nacido

  • Antares de la Luz afirmaba ser la reencarnación de Dios. Sus seguidores no sólo lo adoraban sino que también debían obedecerle, convencidos de que su misión era salvar el mundo.

Su nombre era Ramón Gustavo Castillo Gaete, pero le gustaba que lo llamaran Antares de la Luz.

De barba larga, pelo corto y una estatura prominente, su presencia no pasaba desapercibida.

Tampoco su fuerte carácter que lo llevó a ser el líder de una secta donde él afirmaba ser la reencarnación de Dios.

Sus seguidores no sólo lo adoraban sino que también le rendían obediencia, convencidos de que su misión era salvar el mundo.

Para ello, tenían que hacer sacrificios.

En noviembre de 2013, el grupo cometió un brutal crimen al quemar vivo a un recién nacido en una hoguera.

Según el líder sectario, el bebé era el “anticristo”.

El hecho consternó al país y Antares de la luz se fugó a Perú, convirtiéndose en la persona más buscada por la policía en Chile. Meses más tarde, fue encontrado sin vida en la ciudad de Cusco. Tenía 35 años.

Su historia es retratada en un nuevo documental de Netflix -llamado «Antares de la Luz: la secta del fin del mundo»- que se estrena este jueves 25 de abril.

El filme -dirigido por Santiago Correa y realizado por la productora chilena Fábula- contiene detalles inéditos sobre cómo operaba la secta y entrevistas exclusivas con algunos de sus exdiscípulos, entre ellos, Pablo Undurraga, quien fue el más cercano a Ramón Castillo Gaete.

A continuación, te contamos quién era Antares de la Luz, cómo funcionaba su secta y qué hay detrás del brutal asesinato del bebé.

Primeros seguidores
Ramón Castillo Gaete creció en la ciudad de Santiago, en el seno de una familia de clase media.

Cuando salió del colegio, estudió música y dio clases en una escuela para niños vulnerables. Jugaba fútbol y tenía amigos.

Tiempo después, se integró a un grupo musical andino llamado Amaru, donde tocaba instrumentos como el clarinete, la zampoña y la quena.

En conversación con BBC Mundo, la periodista e investigadora Verónica Foxley, que escribió el libro “Cinco gotas de sangre: la historia íntima de Antares de la Luz y la secta de Colliguay”, asegura que fue en un viaje a China junto a su banda musical cuando comenzó a experimentar algunos cambios en su personalidad.

“Estaba más retraído… luego de eso, empezó a hacer viajes solo, a distintos lugares de América Latina. Se fue a Ecuador, y se supone que fue allí donde él tuvo su primera revelación. Cuando volvió a Chile, volvió distinto”, señala.

Fue entonces cuando, en el 2009 y a través de distintos grupos de meditación, empezó a adquirir seguidores.

Uno de ellos fue Pablo Undurraga, quien, según lo que él mismo cuenta en el documental de Netflix, había tenido una infancia difícil, siendo víctima de bullying, por lo que ser parte de un grupo le hacía sentir bien.

Verónica Foxley -quien también participa en el filme dirigido por Santiago Correa-, comenta que, al igual que Undurraga, «la mayoría de los integrantes de la secta tenían fracturas emocionales importantes, eran personas altamente sensibles, habían tenido infancias complicadas, algunos habían tenido problemas psicológicos, como alteraciones del ánimo, y problemas de autoestima».

«Tenían una insatisfacción del entorno en el que vivían. Y vieron a Antares de la Luz como un ser con capacidades especiales, mágicas, energéticas», indica.

Poco a poco, Ramón Castillo Gaete y sus seguidores se fueron a vivir juntos. Primero lo hicieron en Santiago, pero luego se movieron a distintas zonas del centro de Chile, terminando en la localidad de Colliguay, en la región de Valparaíso.

Al comienzo, se dedicaban a hacer seminarios y talleres de meditación con el fin de «descubrir al ser interno». El líder de la secta solía vestirse de blanco y nadie lo podía tocar o mirar a los ojos.

Pero después vinieron las «restricciones», dice Verónica Foxley.

Adoctrinamiento
«Una vez que sus seguidores estaban convencidos de que este hombre era la salvación, empezó el adoctrinamiento permanente, y Antares se puso más duro», señala la periodista.

«Impuso nuevas reglas y conductas, la primera es que tenían que atenderlo, hacerle masajes. También les decía cuándo podían o no tener sexo, determinaba qué podían comer y cuántas horas debían dormir. Los hacía trabajar muchísimo y los aisló de sus entornos, de sus familiares», agrega a BBC Mundo.

Todo lo anterior con una gran promesa: que no sólo iban a cambiar el mundo sino que lo iban a salvar. Específicamente de lo que sucedería el 21 de diciembre de 2012 cuando, según una creencia escatológica, iba a ser el «fin del mundo».

Como parte de los rituales, a veces consumían ayahuasca, una planta alucinógena que durante siglos ha sido utilizada por pueblos indígenas sudamericanos en ceremonias.

De acuerdo con Verónica Foxley, Antares de la Luz la consumía regularmente.

“Es probable que él haya padecido fibromialgia porque siempre le dolía su cuerpo y la ayahuasca era lo único que lo calmaba. Pero la consumía como quien toma agua y eso, indiscutiblemente, te lleva a un grado de psicosis evidente”, dice.

A medida que el 21 de diciembre se acercaba, la intensidad al interior de la secta fue creciendo.

El control físico y mental que Ramón Castillo Gaete ejercía sobre sus “discípulos” era cada vez mayor, al punto que las mujeres de la secta tenían que atenderlo sexualmente cuando él quería.

“En un principio tuvo relaciones sexuales consentidas pero al final él derechamente cometió violaciones”, afirma Foxley.

También imponía duros castigos que llegaban a los golpes a palos. A una exmiembro de la comunidad, incluso, le quebró la muñeca.

El crimen
En 2012, una de las más fieles seguidoras de Antares de la Luz, llamada Natalia Guerra, quedó embarazada.

Según la investigación de Foxley, durante la gestación la mujer fue obligada a vivir a una cabaña en Los Andes, recluida, pues para el líder sectario el feto que traía en su vientre podía ser el anticristo y eso significaba un peligro para el grupo.

El bebé nació en noviembre de ese año en un hospital cercano a la secta luego de tres días de trabajo de parto fallidos.

Lo llamaron Jesús.

Antares de la Luz decía que el bebé había nacido antes de lo que debía y, por lo tanto, eso era un signo de que encarnaba un “ser oscuro”.

Así, dos días después de su nacimiento, el líder le ordenó a sus seguidores que cavaran un hoyo en el cerro donde más tarde el bebé fue quemado vivo.

“No todos los integrantes de la secta estaban ahí en ese momento. Algunos dicen haber sentido gritos, otros el llanto del bebé. Pero muchos no vieron lo que estaba pasando”, señala Foxley.

Contrario a lo que podría esperarse, la periodista señala que este hecho “fortaleció” al grupo en vez de abatirlo.

“Sintieron que habían avanzado. Quienes rodeaban a Antares también lo veían como un sacrificio en contra del anticristo”, indica.

Pero las fisuras dentro del grupo no tardaron en aparecer.

Y se intensificaron luego de que la promesa de que el fin del mundo llegaría el 21 de diciembre de 2012 nunca se cumplió. Eso provocó que algunos comenzaran a dudar.

“Ese día, el 21 de diciembre, estaban todos expectantes y nerviosos, completamente convencidos de lo que iba a ocurrir. Pero cuando pasaron las horas y no pasó nada, Antares dijo: ‘no estoy viendo nada, vamos a tener que prepararnos porque ahora el fin del mundo va a ser en Ecuador y en marzo’”, explica Verónica Foxley.

Entonces, Pablo Undurraga -que, además, era el sostén económico del grupo- decidió escapar junto a su novia, quien también era miembro de la secta.

“Cuando ellos se fueron, la secta perdió su brazo ejecutivo. Entonces se empezaron a desesperar, todos empezaron a dudar, a recordar lo que había pasado con el bebé… y uno a uno comenzaron a escapar”, indica la periodista.

La pesquisa de la Policía de Investigaciones de Chile (PDI) comenzó a principios de 2013, tras una denuncia anónima sobre lo que allí había sucedido.

En abril de ese año, el caso explotó en la prensa chilena y los miembros de la secta decidieron entregarse a la policía. Mientras duró la investigación, todos permanecieron en prisión preventiva.

Luego del juicio, sólo Pablo Undurraga y Natalia Guerra, la madre del bebé, recibieron penas de cárcel efectiva (de 5 años cada uno).

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